El tiempo también construye


El tiempo es el hilo conductor de este artículo, que explica el concepto del nuevo Museo de las Colecciones Reales. Publicado originalmente en Arquitectura Viva 183, abril de 2016.

Emilio Tuñón





Dieciséis años después de que Patrimonio Nacional se embarcara en un ambicioso proyecto para la construcción del Museo de las Colecciones Reales, se puede decir que el edificio está finalizado, aunque su apertura se prevea para dentro de un año. En el tiempo que hemos pasado trabajando en el Museo muchas cosas han ocurrido, y sin duda la más importante para nosotros ha sido la desaparición, hace ya cuatro años, del arquitecto Luis Mansilla, querido amigo y compañero.

Lamentablemente, en estos dilatados años de trabajo en común también hemos vivido una incontrolada aceleración del tiempo en los procesos constructivos, catalizada por una interpretación mercantilista de la arquitectura. El desprecio de algunos arquitectos, constructores y políticos por el paso del tiempo ha contrastado siempre con nuestra firme voluntad de tratar el tiempo, en la vida y por extensión en la arquitectura, como un hermoso material de construcción.

Pero el tiempo de la arquitectura es largo, y los procesos edificatorios siempre tienen su inicio muchos años antes con la construcción del lugar... Y así, sería necesario hablar también del tiempo en el que se empezó a configurar el entorno donde hoy se ubica el Museo, cuando el rey Felipe V, tras el incendio del antiguo Alcázar de Madrid en la Nochebuena de 1734, hizo llamar al arquitecto Filippo Juvarra para construir un nuevo palacio para la nueva dinastía de los Borbones.

El fallecimiento de Juvarra, dos años después de ser llamado por Felipe V, hizo que su discípulo Giovanni Battista Sacchetti fuera el arquitecto que llevara a cabo la construcción del Palacio Real de Madrid sobre los restos calcinados del Alcázar de los Austrias y de la Alcazaba hispano-musulmana. Sacchetti, más pragmático que su maestro, construyó, siguiendo las instrucciones de su ‘cliente’, un hermoso palacio de granito y piedra caliza que se asentaba sobre un complejo sistema de rampas que trataban de conectar el Palacio Real con los jardines del Campo del Moro, situados al nivel del río Manzanares.

Es importante hacer presente que Sacchetti fue también el primer arquitecto que propuso la extensión del Palacio Real hacia el sur, con el diseño de dos alas que debían configurar el patio de armas del palacio. Pero fue Francesco Sabatini el que inició los trabajos de ampliación del palacio hacia el sur con la construcción del ala este, en el año 1772. Una ampliación que se fue completando, a lo largo del siglo XIX, con sucesivas intervenciones de los arquitectos Pascual Colomer, Segundo de Lema y por último Repullés Segarra, que remató el conjunto monumental con la construcción del gran muro de contención sobre el que se asentaba la nueva Catedral de Madrid.

En este complejísimo contexto, tallado por multitud de arquitectos y monarcas durante más de dos siglos y medio, el Museo de las Colecciones Reales construye la última estructura arquitectónica de lo que se conoce como la ‘cornisa de Madrid’, tomando su carácter formal y constructivo de la condición de muro de contención habitado, excavado sobre aquel que ya existía, como ampliación del basamento del Palacio Real.

Y es que, en este trozo de la ciudad, los vestigios arqueológicos y las diferentes construcciones han construido, pausadamente a lo largo del tiempo, un complejo palimpsesto que condicionó, desde el primer momento de la propuesta del concurso, la ubicación del Museo en el lado poniente del solar, concentrando todo el programa en una única edificación lineal, cuyo volumen venía definido por la alineación de los muros de contención y los restos arqueológicos de la fortificación hispano-musulmana.

En este palimpsesto múltiple, el Museo escribe un nuevo texto que recoge conscientemente la memoria del lugar, cediendo todo el protagonismo de su argumento al Palacio Real y al complejo sistema de rampas diseñado por Sacchetti, tomando el trazado que el tiempo ha reservado para él, al establecer un diálogo de continuidad temporal con la natural extensión del Palacio hacia el sur, propuesta por los diferentes arquitectos que construyeron en este entorno a lo largo de la historia.

De este modo, el Museo es un nuevo texto escrito sobre lo ya escrito, con una materialidad pesada, y ligera a la vez, que hace referencia al paso del tiempo de las envejecidas piedras del Palacio Real, mediante la construcción de un edificio sencillo y compacto, en el que la máxima flexibilidad funcional convive con un orden riguroso, que viene impuesto por su intenso carácter estructural.

Sin embargo, si en el trazado y la construcción se busca establecer un equilibrado diálogo con el contexto, por el contrario, el modelo del Museo de las Colecciones Reales se refiere decididamente a la tipología contemporánea de museo lineal con recorrido descendente, tan propia de los museos urbanos modernos. Una tipología museística que permite la fácil convivencia de un recorrido principal a través de todas las colecciones, con otros recorridos alternativos que facilitan la visión puntual de alguna de las piezas o colecciones, entendidas de forma autónoma.

De acuerdo a esta tipología museística, el recorrido de la colección se realiza desde arriba hacia abajo, por los tres niveles de salas de exposición que acogen las diferentes colecciones siguiendo un orden correlativo descendente, mientras los vestigios arqueológicos existentes se integran en el conjunto como una nueva sala, atada al conjunto como una gran urna visitable que contiene, y preserva, un retazo de la memoria de Madrid, al hacer visible los restos de lo que otros ya vieron en un tiempo pasado.

Con el tiempo como material de construcción, la arquitectura del Museo de las Colecciones Reales es una arquitectura sobria, ajustada y austera, consciente de la responsabilidad del contexto en el que se inserta, pero también consciente del momento en el que ha sido construida, en la que su cualidad espacial viene ligada a la precisa construcción de unos espacios de gran dimensión estructural, que conceden dignidad a la arquitectura por su solidez, funcionalidad y escala.

Por otro lado, las grandes alturas requeridas para la exhibición de las colecciones, así como las grandes dimensiones de las diferentes áreas, imponen al Museo una estrategia de composición estructural próxima a la de las grandes infraestructuras contemporáneas, lo que dota a la construcción de un realismo pragmático que evita exageraciones formales allí donde no son necesarias.

Es por ello que la estructura portante toma gran importancia en la organización espacial del Museo, que se configura a partir de la repetición seriada de un conjunto de pórticos de hormigón blanco, en los que el rayado de la estructura repetitiva cualifica el espacio, de tal modo que la estructura, la iluminación, las vistas y el espacio desdibujan sus fronteras e intercambian sus atributos, porque quieren ser una sola cosa, pensada de una vez.

Como reflejo de esta estructura interna, la construcción de la fachada del Museo se basa en la utilización repetitiva de grandes piezas de piedra, estableciendo bandas horizontales de columnas de granito de gran dimensión. Desde el exterior, la construcción aparenta ser un gran muro de contención casi macizo, un basamento para el Palacio Real y la Catedral, un muro habitado en el tiempo que establece continuidades y discontinuidades con el contexto, pero que al interior, en sus vistas oblicuas, construye un marco temporal para ver las piezas de las colecciones, así como los jardines del Campo del Moro y la Casa de Campo.

Para terminar este breve texto, y como ilustración de lo anteriormente dicho, me gustaría recordar las últimas palabras pronunciadas por Luis Mansilla en una sesión pública, donde hablábamos de Enric Miralles, unas horas antes de fallecer en Barcelona en febrero de 2012, y que hacen presentes, en cierto modo, parte de nuestras preocupaciones compartidas durante estos dieciséis años de trabajo en el Museo de las Colecciones Reales. En aquel momento, hablando de los arquitectos en primera persona, Luis decía: «...sospecho que el espacio, en realidad, no forma parte de nuestras preocupaciones vitales, solo el tiempo, que se derrama y escapa entre los dedos cuando intentamos atraparlo...»

Y es que en la cornisa de Madrid, el tiempo se ha venido derramando durante siglos, y las construcciones del hombre han sido talladas con el lento discurrir del tiempo en este intenso lugar, límite urbano, origen de la ciudad donde tantas personas vivieron y disfrutaron simultáneamente de la vida ciudadana, así como de la naturaleza artificial de los territorios junto al río Manzanares. Y es por ello que es necesario decir que, en este palimpsesto urbano, en esta superposición de textos múltiples, lo verdaderamente importante ya existía, y nuestra labor durante todo este dilatado proceso sólo ha sido hacerlo visible.



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